Sagas, novelas, cuentos, obras gráficas... Trabajos escritos, ilustrados, editados, diseñados y publicados en formato digital y libre por el propio autor. Historias que van y vienen y que, de vez en cuando, se quedan sobre el papel.

Presentación

“Bitácora de un escritor” es una plataforma de promoción y difusión del trabajo literario del autor, incluyendo novelas (como la saga “Crónicas de la Serpiente Emplumada”), cuentos, libros ilustrados y relatos breves. Todos ellos son producciones propias, y para su creación, elaboración y difusión se ha adoptado el sistema de autoedición bajo licencia Creative Commons.
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Sobre el oficio de escritor

Desde que el ser humano, como tal, tuvo capacidad para expresar sus emociones, comenzó a compartir con sus congéneres sus experiencias. Probablemente en sus refugios, por la noche, o mientras se movían de un lugar a otro, o durante la recolección de frutos o las faenas de caza y pesca, todos ellos narraban sus sueños, sus vivencias, sus accidentes, sus descubrimientos y sus miedos.
En algún momento el hombre, lejos de contentarse con referir los hechos que jalonaban su vida cotidiana, comenzó a buscar explicaciones para los fenómenos que lo rodeaban por doquiera: los relámpagos y las tormentas que desgarraban el cielo, los vientos que acostaban los pajonales, la germinación de las semillas cada primavera, la salida y la puesta del sol y la luna, el asombroso movimiento de las estrellas, el ritmo de las mareas, el vuelo mágico de las aves y su no menos mágico canto, las marcas características de cada ser vivo. Y, al no encontrar todas las respuestas, creó él mismo algunas explicaciones y las incorporó a su acervo de narraciones.
De esa forma, de boca a oído, todo un cúmulo de cuentos, leyendas, mitos, historias y aventuras fue trasladándose de generación en generación, para que la memoria jamás desapareciera y pudiera sobrevivir a sus autores y protagonistas.
La tradición oral es uno de los más apasionantes milagros de la historia humana: “bibliotecas” enteras con miles de contenidos que fueron pasando de abuelos a nietos y que, en el proceso, fueron aumentados, embellecidos, alterados, olvidados, silenciados.
Siempre se ha hablado de “los oficios más viejos del mundo”, pero en esa lista nunca he encontrado el de narrador. Y es curioso, porque probablemente sea uno de los más antiguos de nuestra especie.
En las miles de lenguas que un día poblaron nuestro planeta –y que hoy van desapareciendo lentamente-, con sus miles de sonidos diferentes y con sus palabras únicas para cada cultura y cada medio ambiente, las sociedades que trazaron sus sendas sobre la cara de este mundo dejaron como legado un caudal infinito de historias. Y cuando la oralidad no fue suficiente para conservar tantos saberes y recuerdos, surgió la escritura como un medio para seguir protegiendo la memoria del olvido.
Pues el olvido es un verdugo inclemente, mucho más peligroso que la muerte. Si tras la muerte hay recuerdo, una parte de ése o eso que un día existió continúa vivo. Es una forma de supervivencia. Quizás la única.
Sin embargo, del olvido pocas veces hay retorno.
Los signos de la escritura permitieron que las historias de muchos pueblos pervivieran. Si bien el reino de lo oral continúa vigente aún hoy, el de lo escrito fue ganando terreno, se desarrolló con los sistemas de impresión, explotó con las nuevas tecnologías de la comunicación y se convirtió en el paradigma dominante.
Y es en ese terreno en el que campeamos los escritores. Aunque todos nosotros, de una forma o de otra, debemos ser, antes que nada, narradores de historias. Debemos ser capaces de contar un cuento, de variarlo, de verlo desde todas las perspectivas posibles, de dotarlo hoy de unas palabras y mañana de otras, de hacer que su curso se tuerza y busque otro rumbo. En definitiva, debemos llevar la historia dentro y ser capaces de jugar y de experimentar con ella. Y luego debemos atrapar esa historia en un molde de palabras escritas, palabras que expresen con el mayor acierto posible un sentimiento, una sensación, un movimiento, un paisaje. El trabajo, por ende, es doble, y sólo los grandes escritores pueden convertir esa doble tarea en un arte. Ése que nos hace disfrutar cuando abrimos las páginas de un libro. Ése que los noveles intentamos alcanzar desesperadamente.
Encontrar una historia (o, mejor aún, ser elegido por ella), poder decirla con palabras ágiles y vivaces y ser capaces de reflejarla en letras y oraciones sin que pierda su libertad. He aquí el oficio del escritor. Uno que, poco a poco, también va haciéndose viejo.
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